Nunca tuve un albornoz

Cosas sueltas que voy escribiendo

Bucle

La despertó el olor a tabaco, el cenicero rebosaba en la estantería a 30 centímetros de su cara. Los créditos de la película estaban acabando. Su primer impulso fue el de intentar seguir durmiendo, pero cayó en la cuenta de lo incómodo que era el brazo del sofá. El bucle del menú del DVD volvió a llenar la pantalla de plasma. Valoró la posibilidad de vaciar y fregar el cenicero, pero en lugar de eso encendió un pitillo. La merienda de los campeones.

Desplumado

Se despertó sudado como un pollo. El día anterior se había deshecho para siempre de su plumaje, había prometido no ir a más castings, empezar a ver el escenario solo como espectador. Iba a tener un huevo y las circunstancias requerían estar a la altura, buscarse un trabajo serio y dejarse de cacareos. Extendió las alas e inmediatamente las volvió a cerrar. No le agradaba su imagen carnosa y sin plumas, tenía frío, se sentía  feo y vulgar.

Fue entonces cuando descubrió la cadena. El grillete se alejaba, tirante, desde su raquítica pata hasta desaparecer entre dos barrotes. Recordó, ayer mismo y recién desplumado, haberse tragado la llave de la jaula. Recordó haber brindado por el huevo.

Microrrelato a partir de la frase: "Se despertó sudado como un pollo".

Calderilla

Solo era calderilla. Harta de llevar a cuestas tanta moneda de cobre, decidió soltar lastre. Las monedas tintinearon en los adoquines de la calle como casquillos de bala. Algunas giraron sobre sí mismas, otras se alejaron rodando avenida abajo. Una moneda se hundió suavemente en los restos de un bollo que se le había caído a un niño. Solo era calderilla. Una hormiga quedó diseccionada en dos por el golpe del metal y un gato se atragantó con un pastel que entre la nata escondía una sorpresa. Dos muertos que, juntos, no sumaban ni veinte céntimos.

Manicura

Ernesto suplicaba a las enfermeras que, por favor, le cortaran las uñas. Por supuesto que él preferiría encargarse personalmente de ese asunto, pero un cortauñas no era el típico instrumento que le confiaban a uno en el centro. Junto con las cadenas de los retretes y los vasos de cristal, los cortauñas habían causado más de una baja en el pasado, lo que había llevado a la dirección a practicar una desesperante política de prevención de riesgos. Una enfermera se encargaba de cortar el pelo, afeitar y arreglar las manos de los internos. La mayoría se mordía las uñas, pero eso a Ernesto le parecía repugnante y muy peligroso.

Hacía días desde la última manicura y estaba convencido de poseer las manos de Nosferatu. Su médico se había propuesto cumplir una semana sin atender sus obsesiones, el personal estaba advertido y era inmune a sus ruegos. En la sala de lectura, vacía y con el único ruido del ventilador, Ernesto intentaba calmar su ansiedad arañándose con fuerza debajo del pijama.

El séptimo día se lo encontraron tirado en el suelo, con dos dedos atascados en el ventilador. La sangre había empapado la camisa del pijama, y también parte del techo y de la pared. Con ojos agotados y llorosos, Ernesto pidió que, por favor, le recortaran las uñas del resto de los dedos.

Talento

La música de los altavoces y el giro de los focos anunciaron la vuelta de publicidad, el público, recién comprado con un bocadillo, estalló en aplausos. Los tres jueces de la mesa ponían cara de concentración máxima y se frotaban las manos, un par de humillaciones más y se agenciarían otros 6.000 euros. ¡Que pasen, venga, que pasen esos idiotas!

La cámara 1 enfocó a dos querubines rubios de 16 y 18 años.  Llevaban camisa blanca y corbata, y una chapita con su nombre. Dijeron “buenas noches” con un entrañable acento guiri y se colocaron grácilmente en el centro del escenario.

– En estos tiempos de egoísmo y redes sociales es normal sentirse perdido.  El Señor nos da la oportunidad de salvarnos a traves de sus lecturas, siguiendo sus normas nos acercamos a la verdadera y auténtica Iglesia. Os hemos traído estos manuales -el más joven ofreció unas revistillas a la mesa del jurado- en los que encontraréis indicaciones para acercaros a Él. Con vuestro fiel compromiso y su ayuda lograréis escapar de la crisis.

La voz cantora del otro muchacho diseccionó un número de teléfono, tenía los ojos llorosos y una dicción -en este caso, sí-  impecable.

Ninguno de los tres jueces pensó que merecían pasar a la siguiente ronda.

La música tronó y las luces volvieron a cegar a todo el mundo. Los jóvenes se fueron igual de sonrientes, tranquilos y hermosos. No volvió a vérseles en un programa de talentos, pero aquella noche miles de ancianas marcaron el teléfono de los mormones en busca de la salvación.

Elegir

Lo encerraron injustamente. Miraba las montañas desde el ventanuco de su fría prisión y soñaba con volver a casa. Pasó un tiempo, con sobornos y favores consiguió una cafetera y un pequeño hornillo. Un día se hizo con papel pintado que usó para aplacar la humedad de los ladrillos. Poco a poco, fue llenando de libros una pequeña estantería que él mismo había fabricado en el taller de carpintería que mantenía ocupados a los prisioneros. Cuando llegaron los rebeldes, él estaba leyendo y tomaba café.  Dispararon al alcaide, abrieron las cerraduras de todas las celdas y huyeron entre gritos y consignas. Un torrente de presos escapó con lo puesto. Él siguió con su libro. Aquella noche, antes de acostarse, tapó el ventanuco con papel pintado.

Carlos

Carlos tenía barbilla y codos apoyados en la mesa del multitudinario comedor. Frente a él, un plato con restos de pollo asado y el intacto bol de natillas (pensadas para levantar la moral del batallón de adolescentes). Estaba absorto mirando la galleta que coronaba el postre amarillo cuando, como un jeroglífico que adquiriese relieve en la pared de una pirámide, el mosquito surgió de la canela. Se incorporó sobre dos de sus patas, cruzó los brazos en posición de rapero y se lanzó a interpretar una coreografía a medio camino entre el Príncipe de Bel Air y un tiroteo en el Bronx. Meneando obscenamente el culo, apuntaba con una pistola imaginaria a los estudiantes de la sala, que comían ajenos a él; estiró el brazo y lo movió como si fuera el segundero de un cronómetro, con una mueca iba disparándolos a la vez que pronunciaba: “clic, clic, clic”. Carlos sintió que le pesaban los párpados, pero se concentró y formuló mentalmente la ley de Coulomb. Con un beso al aire el insecto dio por concluido el baile. Se acercó al borde de la galleta y se zambulló impecablemente en las natillas, sin apenas salpicar. El compañero de Carlos llegó al momento con dos cafés cargados, ¡las últimas dosis de cafeína! Solo quedaba un examen para terminar la Selectividad. Muy pronto, tendrían todo el verano para dormir.

Flequillo

Los puntos de la vagina le tiraban, pero no se daba cuenta. Llevaba toda la noche vigilando a su bebé, cuyo pálido y tenso cuerpo solo se relajó al ser alejado de ella. El niño tenía un flequillo tupido a la altura de las cejas, la matrona dijo que era el primero que veía con tanto pelo. Ahora descansaba boca arriba en la cuna, con los ojos abiertos; desde su posición juraría que no había parpadeado ni una sola vez. Se arrepintió de haberle pedido a su hermana que no viniera, ¿alguna enfermera en la sala? Los pasillos estaban vacíos, el único sonido que llegaba a la habitación era el de las secadoras de la lavandería, en el piso de arriba. Muy lentamente, la cabeza peluda comenzó a elevarse. Sin atisbo de esfuerzo, el recién nacido se incorporó hasta quedar perfectamente sentado, apoyado en los cojines azul celeste que adornaban su nido. Se miraron en silencio. Claramente, no parpadeaba.

Si hubiera dormido en sus brazos, ella le habría acariciado la carita. Si el niño hubiera cerrado los ojos, le habría despejado con cariño el pelo de la frente. Si él se relajaba, descubrirían la marca. Aunque no supieran descrifrarla.

Picor

La varicela lo estaba volviendo loco. Las vesículas que le recorrían la cara, los muslos y el interior de sus axilas desafiaban a cada minuto su cordura. Soñaba con rascarse la espalda con el rastrillo de la playa y sumergirse después en una bañera de gelatina que aliviara sus heridas. El miedo a tocarse y acabar marcado durante el resto de su vida no ayudaba, desde luego, a relajarse. Sufría aislado en casa… y lo único que recibía eran comentarios despectivos.

-No te rasques, que te dejarás marca.

La falta de empatía era ominosa y decidió darle una lección a su madre. Aprovechó su excursión al mercado para escapar. Buscó al amistoso perro callejero al que la tirana le prohibía acercarse. Subieron juntos en el ascensor, rascándose ambos con fuerza y gusto. Se tumbaron en el sofá, rodaron por la moqueta y se quedaron dormidos sobre los almohadones de la cama de su progenitora. Cuando la madre dejó las bolsas en el suelo, las pulgas del bicho bailaban por toda la casa.

Gordo

Tragaba compulsivamente bravas y mejillones, y con cada mordisco se prometía un futuro de flexiones y sprints en el que no volvería a rebañar los callos con media barra de pan. Brindó con su quinta cerveza por el último festín de su vida de gordo. En unas horas empezaría a recorrer el camino hacia el abdomen plano, los muslos finos y las chaquetas bien cerradas.  Nunca más probaría una ración de calamares como la que el camarero acababa de lanzar a su mesa, se dijo, y engulló el más grande y dorado de los aretes. El elástico rebozado pasó por su boca con la forma de un ocho y se convirtió, al cruzar la faringe, en un fatídico cero.  Rígido e incapaz de respirar, se fue volviendo morado. La despiadada y certera palmada del camarero precedió a una tos salvaje por la que planearon, inesperadamente libres, restos de todas las raciones conocidas en aquel bar. Pagó la cuenta y se arrastró hacia casa, dolorido, pensando en la suerte que tenía de seguir vivo. Aunque fuera bajo la condición de gordo.